jueves, 22 de diciembre de 2011

Capitulo 35


No le importaba que la miraran por la calle, porque ella hubiese hecho lo mismo al ver a una joven vestida como para salir de noche, con el maquillaje hecho un desastre y los rulos desarmados. Sólo quería caminar, olvidar a los Leto, volver a su mundo de verdad… Dejar de vagar en ese mundo donde tus ídolos te lastiman, donde las tentaciones están a la vuelta de la esquina y donde sólo unas pocas logran sobrevivir. Sí, era el mismo mundo que compartía con Alice antes de iniciar el viaje, pero todo parecía tan irreal.
- Esto sólo es un mundo paralelo e imposible…- comenta Hilary cruzando entre pequeños mercados. ¿Cuánto tiempo llevaba caminando? ¿Dónde estaba? Ya no le importaba eso. Se sentía como una niña que necesita el abrazo protector de su mamá.
Había parado de llover, sin embargo el sol no salía. Todo parecía gris, como en las películas cuando algo malo le pasaba al bueno. Pero ella no era buena, no. “Me comporté como una puta, lo sé… Ahora pago por eso. Pero Jared podría haberse disculpado conmigo, aunque ambos hayamos disfrutado ese beso…” Nadie en el mundo era bueno, tampoco la tierna y sensible Alice, ni la rebelde de Avie. ¿Y qué mierda si se había comportado como una puta? ¿Qué chica o gay, con tales pendejos grandes tan buenos, se hubiera controlado? NADIE. Nadie podía con el encanto de aquellos músicos, aquellos artistas. Sí, porque eran las musas versión masculina, divinidades que para la mayoría eran imposibles de conseguir. Y ella había podido estar con cuatro de ellas. Y aún así estaba deseosa de más. Quería probar lo prohibido de cada uno de esos pequeños dioses, de cada uno de esos galanes que podrían parecer iguales, pero eran tan diferentes.
- Bueno, me vas a hacer bajar como diez kilos, pendeja… Pará un poco…
- ¿Eh?...
Hilary se da media vuelta en busca de la voz que la sacó de sus delirantes pensamientos. Entonces, a sólo cinco pasos de ella, estaba Tomo, con las manos en las rodillas, tratando de recuperar el aliento. Llevaba una campera de cuero, unos jeans negros y zapatillas deportivas; el pelo atado, para evitar la humedad. Él la miraba preocupado, y medio como reprochándola.
- ¿Qué hacés acá?- le pregunta la chica sorprendida. Lo último que le faltaba, un pelilargo que la persigue por todo Londres.
- Te vengo siguiendo desde que saliste del hotel, Hilary. Le conté a Alice cómo te había visto salir tan atropelladamente, y quiso venir conmigo, pero le dije que se quedara por si llegabas a volver…- entonces se le acerca despacio, la toma de una mano y juntos se sientan en el banco de una pequeña plaza. Hilary evitaba mirarlo a los ojos, no quería hablar de nada, no quería más quilombos ni estrellas jodidamente seductoras.
- Tomo, en serio… No quiero hablar… Dejame sola…- comenzó diciendo ella.
- Claro que no vengo para que me digas que te pasa. Si vos querés me vas a decir, sino no. Nada más te quería decir que con tus amigas podés contar, y conmigo también, aunque no hayamos hablado tanto. No me gusta ver a una chica mal por culpa de dos tarados, que si bien son mis amigos, son tarados a veces…- entonces unas lágrimas solitarias caen de los ojos de la chica- Sé que lo único que necesitás es un abrazo, ¿o me equivoco?- entonces Tomo, sin importarle la cara de sorpresa de Hil, la abraza estrechamente, como si fuera un padre abrazando a su hija que acaba de caerse de la bicicleta. Entonces todos los llantos y enojos reprimidos de Hilary se liberan casi por magia, dejando el hombro de Tomo manchado de lágrimas y angustias pasadas y nuevas.

Llegando al hotel, Alice sale corriendo de adentro para recibir a su amiga con cara de preocupación y angustia. Alice portaba malas noticias: los Leto se habían ido del hotel y nadie sabía dónde estaban.